lunes, marzo 15, 2010

“Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo” (1 Tm 4, 10)

La juventud, en particular, es tiempo de esperanza, porque mira hacia el futuro con diversas expectativas. Cuando se es joven se alimentan ideales, sueños y proyectos; la juventud es el tiempo en el que maduran opciones decisivas para el resto de la vida. Y tal vez por esto es la etapa de la existencia en la que afloran con fuerza las preguntas de fondo: ¿Por qué estoy en el mundo? ¿Qué sentido tiene vivir?
¿Qué será de mi vida? Y también, ¿cómo alcanzar la felicidad? ¿Por qué el sufrimiento, la enfermedad y la muerte? ¿Qué hay más allá de la muerte?

En búsqueda de la “gran esperanza”
La experiencia demuestra que las cualidades personales y los bienes materiales no son suficientes para asegurar la esperanza. La política, la ciencia, la técnica, la economía o cualquier otro recurso material por sí solos no son suficientes para ofrecer la gran esperanza a la que todos aspiramos. Esta esperanza “sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros solos no podemos alcanzar”. 


Por eso, una de las consecuencias principales del olvido de Dios es la desorientación. La crisis de esperanza afecta más fácilmente a las nuevas generaciones que, en contextos socio-culturales faltos de certezas, de valores y puntos de referencia sólidos, tienen que afrontar dificultades que parecen superiores a sus fuerzas. Pienso, queridos jóvenes amigos, en tantos coetáneos vuestros heridos por la vida, condicionados por una inmadurez personal que es frecuentemente consecuencia de un vacío familiar, de opciones educativas permisivas, y de experiencias negativas y traumáticas. Para algunos, la única salida posible es una huída alienante hacia comportamientos peligrosos y violentos. ¿Cómo anunciar la esperanza a estos jóvenes? Sabemos que el ser humano encuentra su verdadera realización sólo en Dios. A vosotros,
queridos jóvenes, que buscáis una esperanza firme, os digo las mismas palabras que san Pablo dirigía a los cristianos perseguidos en la Roma de entonces: “El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rm 15,13).

Pablo escribía a Timoteo: “Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo”. Pablo era un jove como vosotros, de unos veinte o veinticinco años, En el camino de Damasco fue transformado interiormente por el Amor divino que había encontrado en la persona de Jesucristo. Para él, la esperanza no fue sólo un ideal o un sentimiento, sino una persona viva: Jesucristo, El “Dios vivo”.

Cristo resucitado y presente en el mundo. Él es la verdadera esperanza: Cristo que vive con nosotros y en nosotros y que nos llama a participar de su misma vida eterna. Si no estamos solos, si Él está con nosotros, es más, si Él es nuestro presente y nuestro futuro, ¿por qué temer? La esperanza del cristiano consiste por tanto en aspirar “al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” Queridos amigos, como Pablo, sed testigos del Resucitado. 

Dadlo a conocer a quienes están en busca de la “gran esperanza”. Si Jesús se ha convertido en vuestra esperanza, comunicadlo con vuestro gozo y vuestro compromiso espiritual, apostólico y social.

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