viernes, febrero 19, 2010

El temor al cambio

Quiero iniciar este artículo con una breve historia. Una mujer, siempre que preparaba la pierna de puerco al horno, la cortaba en dos partes. Un día su hija le preguntó por qué siempre la horneaba de esa forma.  La madre, después de pensarlo un momento contestó: “-Porque así se hace hijita”. La joven no queda satisfecha con esa respuesta y pregunta nuevamente: “-¿Por qué?  Responde la madre: “–Mira, no sé. Pregúntale a tu tía Martha; ella también la prepara igual que yo”. La joven va y le pregunta a la hermana de su mamá  por qué siempre horneaban la pierna de puerco así, y ella le contesta: “-No sé-.  Tu abuela siempre la ha preparado de esa forma”.

La joven –ya con gran inquietud-, va y le pregunta a la abuela por qué  partía la pierna de esa manera. La abuela, soltando una carcajada le dice: “-Yo la cortaba así porque la bandeja que tenía para hornear era tan pequeña que la pierna no cabía”.

Es  fácil acostumbrarnos a hacer las cosas de la misma manera que se han hecho siempre,  y muchas veces actuamos casi por costumbre, sin pensarlo, y caemos en una desgastante rutina que a la larga provoca desánimo, indiferencia y falta de pasión por lo que hacemos.

Esto mismo  se aplica en la forma como actuamos. Nos acostumbramos a exclamar frases como: “¡Siempre he sido así. No me quieras cambiar!” Cuando establecemos un patrón de conducta, y lo vivimos cabalmente, es muy difícil cambiar. Por ejemplo, cuando decimos: “¡-Yo no tengo paciencia!”. “-¡No soporto el desorden!”. “-¡No me puedo controlar cuando me gritan!”. “-¡El que me la hace, me la paga!”. “-No puedo decir a la gente que la quiero, soy muy seco”, y frases por el estilo, las decimos con tal seguridad que se convierten en ley.  El cambio de conducta no es permitido, no se intenta,  porque esa actitud opera como si fuera un decreto.

Sin embargo, los seres humanos somos seres cambiantes. Cambia nuestro físico conforme pasa el tiempo. Cambia la cantidad de hormonas y enzimas que regulan nuestro organismo. Cambia la gente con la que trabajamos y cambian frecuentemente los estados de ánimo de quienes conviven con nosotros. Somos seres cambiantes, porque los sueños y objetivos que teníamos hace años no son los mismos que tenemos ahora. Querer que las cosas permanezcan como siempre es desgastante, y eso puede ocasionar un estado de estrés.

El temor al cambio es  y seguirá siendo el obstáculo número en la toma de decisiones para ser mejores, para tener algo mejor. Tememos a que si cambiamos de opinión o de actitud, nos juzguen de inseguros.

Cuando somos muy estrictos, tememos que al ser más consecuentes y flexibles, nos falten al respeto y nos crean vulnerables. En el aspecto sentimental, evitamos cambiar nuestra actitud  y expresar sentimientos como  decir un “te quiero”, por miedo a sentirnos cursis, débiles, o que así nos juzguen. Sentimos un gran temor también, al tener que renunciar a cierto estado de comodidad porque la situación ha cambiado y tenemos que ajustarnos a otro nivel de vida. Si no logramos vencer ese temor, puede sumirnos en un estado de inconformidad y estrés.

Albert Einstein escribió: “Es una tontería hacer siempre las cosas como siempre se han hecho y esperar resultados diferentes”.

Es cierto, lo único constante en nuestras vidas es el cambio, y resistirse a él es impedir que fluya la energía y dar todo lo que podamos.

Quiero sugerirte algo: Analiza en qué áreas de tu vida te has resistido a cambiar. Bajo qué circunstancias te has convertido en un ser inflexible y difícilmente cambias tu forma de proceder. Verifica si lo que te ha dado la vida es lo que crees merecer, o es necesario empezar a cambiar tu forma de pensar y actuar para lograr lo que mereces. Identifica ésas áreas de tu vida en las que la rutina y la falta de entusiasmo están causando estragos y modifica cuanto antes tu comportamiento.

Quiero compartir contigo las preguntas que pueden ayudarte a tomar la decisión de cambiar:
1. ¿Qué es lo que he obtenido hasta el momento?
2. ¿Qué es lo que puedo obtener si me arriesgo a cambiar?
3. ¿En qué se fundamenta mi temor al cambio?
4. ¿Qué hacer para evitar que alguien salga dañado con mi cambio?
5. ¿Cómo me sentiré después de cambiar?

¡El que no arriesga, no gana! Asume el riesgo de cambiar, procurando ser siempre congruente con tus principios y valores.

Te recuerdo que somos arquitectos de nuestro propio destino, como dijo el poeta Amado Nervo. Y que el 90% de lo que nos sucede tiene que ver con una decisión previa.

Decidir cambiar nos causa miedo o estrés, porque nos resistimos a perder el estado de comodidad que creemos tener haciendo lo que siempre hemos hecho. Pero a la larga, cambiando lo que tenemos que cambiar, sobre todo en nuestras actitudes, nos daremos cuenta que en eso precisamente se basa gran parte de la felicidad. Que al paso del tiempo podremos decir que la vida ha sido verdaderamente una aventura y  en cada logro obtenido en nuestra vida, podremos exclamar jubilosos: ¡Misión cumplida!

Autor: Dr. César Lozano

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