jueves, julio 09, 2009

Espíritu Santo Consolador

¡Espíritu Santo Consolador, que en el día santo de Pentecostés descendiste sobre los Apóstoles, y henchiste aquellos sagrados pechos de caridad, de gracia y de sabiduría!: Suplicóte, Señor, por esta inefable largueza y misericordia, hinches mi ánima de tu gracia, y todas mis entrañas de la dulzura inefable de tu amor.
Ven, ¡Espíritu Santísimo!, y envíanos desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, ¡Padre de los pobres! Ven, dador de las lumbres, y lumbre de los corazones. Ven, Consolador muy bueno, dulce huésped de las almas, y dulce refrigerio de ellas. Ven a mí, limpieza de los pecados, y Médico de las enfermedades. Ven, fortaleza de flacos, y remedio de caídos. Ven, Maestro de los humildes, y destruidor de los soberbios. Ven, singular gloria de los que viven, y salud de los que mueren. Ven, Dios mío, y dispónme para Ti con la riqueza de tus dones y misericordias. Embriágame con el don de la sabiduría; alúmbrame con el don de consejo; confírmame con el don de la fortaleza; enséñame con el don de la ciencia, hiéreme con el don de la piedad y traspasa mi corazón con el don del temor.

Dulcísimo amador de los limpios de corazón, enciende y abrasa todas mis entrañas con aquel suavísimo fuego de tu amor, para que todas ellas, así abrasadas, sean arrebatadas y llevadas a Ti, que eres mi último fin y abismo de todos los bienes. ¡Dulcísimo amador de las almas limpias!, pues Tú sabes, Señor, que yo ninguna cosa puedo, extiende tu piadosa mano sobre mí, para que así pueda pasar a Ti. Y para esto, Señor, derriba, mortifica, aniquila y deshaz en mí todo lo que quisieres, para que del todo me hayas a tu voluntad, para que toda mi vida sea un sacrificio perfecto, que todo se abrase en el fuego de tu amor.

¡Quién me diese que me quisieses admitir a tan grande bien! Mira que a Ti suspira esta pobre y miserable criatura tuya, día y noche. Tuvo sed mi ánima de Dios vivo: ¿cuándo vendré y pareceré ante la cara de todas las gracias? ¿Cuándo entraré en el lugar de aquel tabernáculo admirable, hasta la casa de mi Dios? ¿Cuándo me veré harto con tu gloriosa presencia? ¿Cuándo por Ti seré librado de la tentación, y en Ti traspasaré el muro de esta mortalidad? Oh fuente de resplandores eternos, vuélveme, Señor, a aquel abismo de donde procedí, donde te conozca de la manera que me conociste, y te ame como me amaste, y te vea para siempre en compañía de tus escogidos.

Amén

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