jueves, junio 25, 2009

Señor, que no olvidemos que moriste por nosotros

Jesús al instituir la Eucaristía, en la misma noche en que había de ser entregado, dijo del cáliz en que nos dejaba como bebida su preciosa Sangre: "Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre que es derramada por vosotros".

Su mandato a los Apóstoles de que hicieran esto mismo en memoria de El, es comentado por San Pablo con estas palabras:

"Cuantas veces coméis este pan o bebéis de este cáliz, representáis la muerte del Señor hasta que vuelva".

La Eucaristía es, pues, un sacrificio; es la repetición incruenta y el recuerdo permanente del sacrificio de la Cruz.

Jesús parecía aquella noche preocupado por el temor de que olvidásemos su Pasión. Y para perpetuar su recuerdo instituyó la Eucaristía y el sacerdocio.

Las crónicas de la Orden de la Merced saben de historias como ésta. Un prisionero condenado a muerte. Le asiste un religioso de esa Orden benemérita que se consagra a la Obra de Redención de Cautivos, el cual, conmovido ante la perspectiva de una pobre viuda y unos hijos huérfanos, se decide generosamente a cambiar sus vestiduras por las del reo y morir por él.

Ya ante el verdugo que lo va a ejecutar, el nuevo condenado, como quien dice su última voluntad, llama al verdadero reo: "Toma un retrato mío... para que te acuerdes de mí... y enséñalo a tu mujer y a tus hijos para que recen por mí... ¿Te olvidarás?".

Y el Evangelio plasma una crónica más ancha y profunda. La humanidad condenada a muerte eterna por sus pecados. El hijo de Dios trueca con ella sus vestidos; se viste El de naturaleza humana pecadora y cubre a los hombres con el manto real de su justicia y santidad por dentro y por fuera.

Y cuando lo llevan a la muerte que El se ha ofrecido a padecer en lugar de los hombres, llama a un grupito de íntimos, se lleva la mano al corazón y saca, no un retrato, sino "... éste es mi Cuerpo... ésta es mi Sangre..."

Quedaos con ello así... ¡Destrozado! ¡Derramada!.. . ¡para que os acordéis de Mí!... in meam commemorationem!… ¡en conmemoración mía!

¿Verdad amigos míos que no os olvidaréis? ¿Verdad que se lo contaréis, que se lo enseñaréis a vuestros hijos para que se acuerden de Mí? ¿Verdad que cuidaréis de que no se olviden? ¿Verdad que al menos vosotros no lo olvidaréis?

Y no lo olvidamos, no.

La Santa Misa nos lo recuerda todos los días.

Autor: Danny Alexis (Seminarista)

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