lunes, junio 22, 2009

Orad a María, la ternura de Dios.

También os digo, buscad en vuestro santuario interior a la incomprendida y desconocida ternura de Dios, María. Es menester que el corazón humano, conozca a fondo el precioso mensaje que su espíritu trajo al mundo, mensaje de consuelo, de ternura, de humildad y de esperanza.

Si la llamáis en la soledad de la noche, en el silencio que nada perturba, ahí la encontraréis. En la fragancia de las flores, también ahí la sentiréis, y si la buscáis en el corazón de vuestra madre, o en la pureza de la doncella, ahí la descubriréis. Así como en tantas obras donde se refleja la imagen del eterno femenino que existe en Dios.

Aquella mujer que ofreció su seno, para que en él se hiciera hombre el verbo, era por su pureza e inocencia, el templo digno de quien la había elegido como madre humana, María fue la flor de un linaje preparado por el Señor muchas generaciones antes de que ella naciera.

Ella es mi colaboradora y junto a mi palabra de Maestro y de juez, está su palabra de madre y de intercesora. Amadla e invocad su nombre. Sólo de una flor pura como ella podía brotar el fruto que diera la redención a la humanidad.

María es la ternura divina hecha mujer en aquel tiempo, pureza incomprendida por la humanidad materializada, virginidad que no puede ser analizada por la mente de los hombres y que solo puede ser sentida por aquel que se purifique en sus sentimientos.

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